Siempre le he tenido una manía especial al rosa y a cualquiera de sus múltiples y horripilantes tonalidades.
El rosa es un rojo deshidratado y sin fuerza, un color aparentemente benévolo, pero tremendamente dañino si se mira de cerca. Quizás es que soy de córneas delicadas. O quizás tan sólo colecciono fobias sin remedio.
Lo cierto es que el rosa tiene su propio grupo de detractores. Entre ellos, estos pobres y desesperados publicistas. Y es que al propietario de la finca donde está situada la agencia no se le ocurrió otra cosa que pintar toda la fachada de un rosa terrible y espantoso.
Teniendo en cuenta que atentar de esta forma contra el mobiliario urbano aún no se considera delito, a los tipos sólo les ha quedado una salida...
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domingo, 25 de noviembre de 2007
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